Me despierto en el tren y no tengo ni la menor idea de cuanto tiempo he dormido. Últimamente el cansancio se ha convertido en mi compañero de viaje más fiel y me ha regalado la habilidad de quedarme dormida donde y cuando quiera (o pueda). Según mis previsiones debería estar en Berlín pero al echar un vistazo por la ventana me doy cuenta de que es imposible que me encuentre en la capital alemana. Delante de mí veo una pequeña estación de tren, que en realidad es poco más que un barracón, con un gran cartel en azul y blanco donde pone: Świnoujście.
Cojo mi mochila y bolsas de plástico varias donde llevo algo de comida y me dispongo a dejar el tren. Me doy cuenta de que está completamente desierto, al igual que el andén. Parece que he estado un buen rato durmiendo con el tren parado. Entro en el edificio de la estación y encuentro: dos taquillas, unas 10 personas haciendo cola, un reloj, plantas y un gran mapa. Gracias. Veo que son las 8 de la mañana (nunca llevo reloj, me molesta) y después de buscar durante 10 minutos en el mapa de Polonia, encuentro mi paradero en el extremo superior izquierdo del país.
Dejé Cracovia la noche anterior creyendo que mi tren era directo a Berlín, pero obviamente tendría que haber hecho trasbordo en algún lugar y no lo hice. Es lo que pasa cuando estas en Polonia y no hablas polaco, porque Polonia no habla inglés. Compruebo los horarios para rehacer mi ruta. Como era de esperar, desde Świnoujście no existen trenes hasta Berlín. Debo ir primero a Szczecin, mi tren sale en 2 horas. Podría haber sido peor, pienso.
Salgo de la estación para explorar un poco. La casualidad me ha llevado a un pueblo polaco de costa. Parece que tiene algo de industria y sobretodo muchos barquitos de pesca. Ahora que lo pienso necesitaba ver el mar. Hacia semanas que no lo sentía cerca y esto para mí, acostumbrada a estar en la playa cada día del año, es demasiado. Es impresionante lo bien que te puede hacer sentir el mar.
Después de un paseo por la zona acabo sentada en un banco del muelle contemplando la escena. La luz es todavía muy matinal y todo esta envuelto con una neblina que le da al momento un aire muy pintoresco e irreal. Poco a poco van llegando familias con mochilas que parece que van a pasar el día en un merendero de cerca del puerto.
Ahora me siento muy a gusto, no se exactamente porqué. Éste desvío inesperado ha sido un respiro en el “no parar” del viaje que emprendí hace ya muchos días y me alegro de que haya sido así, de otra manera nunca hubiera descubierto este lugar y “perdido” este tiempo tan a gusto.
No puedo dejar de pensar que viajar es la mejor de las drogas.
Interraíl 2008
Día 21